En el frente también me puse enfermo; tanto, que pensé que no lo contaba. Padecí las fiebres palúdicas, y no fue desde luego muy agradable.
Antes de llegar la noche me empezaba la fiebre con mucho frío y mucho temblor en el cuerpo. La cama era a suelo abierto, pues mi compañero de habitación (que siempre nos quedábamos juntos) buscaba hierba seca y la extendía en el suelo haciendo de colchón. Luego ponía la manta encima.
Yo me acostaba, me ponía la manta de él y encima me volvía a poner hierba seca para así tener más abrigo. Él se acostaba entonces a mi lado, de tal forma que si yo comenzaba a sudar, él también. Yo le decía que se retirara un poco que las fiebres palúdicas decían que se contagiaban, pero él no hacía caso y seguía durmiendo conmigo. Las fiebres nunca se le pegaron.
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Capítulo XX. Muere como un perro.





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