
La noche era triste. Y con ella empiezan los contraataques del enemigo, que le resultaron infructuosos.
Permanecimos allí tapados con la manta; parecíamos mendigos. Podíamos ver, a pesar de la noche, el trasiego de del enemigo recogiendo a sus heridos y muertos. Veíamos el convoy con sus refuerzos. Mañana, decíamos, será su gran ataque. Durante toda la noche se oyó al enemigo construyendo sus trincheras para su defensa.
El amanecer fue gélido. El frío nos dejó el rostro helado. ¡Cómo echábamos de menos un café caliente! Pero a cambio, esa noche nos habían dado rancho frío de cena y la munición, así que de desayuno teníamos una tableta de chocolate que no tendría ni cien gramos.
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Capítulo XVI. La sed de los muertos.




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