
Los tranvías circulaban por las calles de Madrid. Había una animación muy grande con motivo de la llegada del ejército liberador. En la Puerta del Sol bajamos al metro, que era una cosa desconocida para nosotros. Bajamos por unas escaleras, como si fuésemos a un subterráneo, continuamos por un pasillo y esperamos a que llegara el tren que iba para Vallecas, que era nuestro destino.
Iba tan rápido que en pocos minutos llegamos. Dentro del tren se iba muy cómodo; se para unos pocos minutos en cada estación y, una vez en marcha, uno nunca sabe por dónde va pues es un túnel. Por cierto, llegar y estar por Vallecas no nos costó nada, pues estábamos exentos de pagar nada los militares, lo que era una gran ventaja para poder ir a donde se nos antojara.
Continuando con lo relatado en este pueblo del Álamo (*ir al comentario final de mi abuelo al pie del artículo) y estando a finales de 1939, pasa el batallón para el pueblo de El Escorial, provincia de Madrid y a 51km. de distancia. Aquí lo pasé bastante bien. Según llegamos allí me llamó el alférez por si quería ser enlace del puesto de mando.
Continuar leyendo “Capítulo XXVII. No soy esclavo del alférez.”
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Estuvimos mucho tiempo en este pueblo, que distaba muy poco de Navalcarnero, también provincia de Madrid.
Era un pueblo muy grande, y como sólo eran siete kilómetros iba con frecuencia. En realidad no iba para hacer nada en concreto: tan sólo pasar el rato caminando, pues en el pueblo estábamos como en un completo destierro. Allí no había ninguna clase de diversión.
En el batallón daban permiso por 24 horas, pero como nosotros no teníamos mucho dinero no queríamos el permiso. Si hubiéramos ganado una peseta diaria, como al principio, estaríamos en la capital pasando unos días. Pero con dos reales (cincuenta céntimos), como solía decirse, no teníamos ni para fumar.
Continuar leyendo “Capítulo XXVI. Turismo en Madrid.”
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El segundo año también le tocó a mi batallón cubrir la carrera. El tercer desfile lo hice en caballería. Fuimos los primeros en desfilar y como yo pertenecía a la escuadra de gastadores nos quedamos, sobre el caballo, al pie de la tribuna. Vi al Caudillo enfrente mío, y a la misma altura.
Cuando Franco fue luego al teatro comenzó a llover y algunas personas nos traían mantas y cafés. Fue allí, en Madrid, donde recibí la noticia de un hermano que había llegado a mi casa después de dos años y pico que había ido a la guerra.
Era de la quinta del 36 y su campo de operaciones fue todo el norte, primero en las brigadas de Navarra y luego pasaron a las operaciones donde cayó prisionero de las hordas marxistas.
Continuar leyendo “Capítulo XXV. Mi hermano: la maldición.”
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El Álamo era un pueblo pequeño y pobre como tantos otros que habíamos visto antes. Nos teníamos que conformar con lo poco que nos daban, porque al estar la comida racionada, como en el pueblo anterior, no podíamos comprar más.
Al principio de nuestra estancia no hacíamos nada. Pero los mandos no tardaron en buscarnos entretenimiento: hacíamos instrucción y la guardia de un puente que había sobre el río Guadarrama, situado a unos cuatro kilómetros de nuestra posición.
La guardia del puente era una buena oportunidad: íbamos unos quince hombres a cubrir el puesto que en teoría era para uno, así que teníamos tiempo suficiente para bañarnos y pescar peces, que por fortuna eran abundantes. Dormíamos bajo el puente, en uno de sus extremos, y como el tiempo era muy frío había que hacer lumbre por la noche para dormir alrededor de esta.
Continuar leyendo “Capítulo XXIV. Desfile frente al Generalísimo.”
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A las once de la mañana viene una compañía a relevarnos y nos retiramos a unos kilómetros de allí, en una pequeña casa. Nos dan rancho caliente y el pan, que era poco, lo devoramos enseguida. Por la tarde llovió; el agua se filtraba en aquel cuarto donde teníamos que dormir. Apenas si cabíamos de pie.
Nos dijeron que estuviésemos preparados para salir de un momento a otro, pues había que relevar a la división que nos hizo el relevo anterior. Hasta las once de la noche no habíamos conseguido dormir nada: éramos demasiados.
Pero enseguida se nos quitó el sueño con la gran noticia que trajo el alférez:
-Muchachos, Madrid se ha rendido. Y para vuestro conocimiento, la guerra se acabó.
¡Oh! ¡Qué gran noticia aquella -que podía haber venido mucho tiempo antes-! Empezamos a bailar de lo contento que estábamos y a tirar salvas al aire, pues eran las últimas balas que íbamos a tirar. Nuestro entusiasmo no podía ser mayor ahora que España era toda nuestra.
Continuar leyendo “Capítulo XXIII. Madrid cae: se acabó la guerra.”
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En el frente también me puse enfermo; tanto, que pensé que no lo contaba. Padecí las fiebres palúdicas, y no fue desde luego muy agradable.
Antes de llegar la noche me empezaba la fiebre con mucho frío y mucho temblor en el cuerpo. La cama era a suelo abierto, pues mi compañero de habitación (que siempre nos quedábamos juntos) buscaba hierba seca y la extendía en el suelo haciendo de colchón. Luego ponía la manta encima.
Yo me acostaba, me ponía la manta de él y encima me volvía a poner hierba seca para así tener más abrigo. Él se acostaba entonces a mi lado, de tal forma que si yo comenzaba a sudar, él también. Yo le decía que se retirara un poco que las fiebres palúdicas decían que se contagiaban, pero él no hacía caso y seguía durmiendo conmigo. Las fiebres nunca se le pegaron.
Continuar leyendo “Capítulo XX. Muere como un perro.”
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Imagen: El imperio de trapisonda.
Pinto era un pueblo hermoso, que era importante en tiempos de paz pues desde allí había doble vía hacia Madrid. Como en tantos otros, sus habitantes se habían marchado por culpa de la guerra.
Nuestra vida cambió por completo. El servicio era muy pesado: cada tres noches que dormíamos en el pueblo, pasábamos una al aire libre, a unos cuatro kilómetros de donde nos alojábamos. A menos distancia se encontraba el Cerro de los Ángeles, del que tanto se habló cuando nuestras tropas lo tomaron.
En aquel lugar se habían hecho unas trincheras por precaución y en ellas pasábamos las frías noches de Febrero. No había chabolas donde refugiarse y pasábamos las horas libres al pie de la lumbre… si no llovía. Entonces, ¡qué amargas noches, en las que llegábamos al pueblo con la ropa mojada! Sólo nos quedaba esperar a que el fuego, de nuevo, las secara.
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Artillería republicana. Imagen: Fuenterrebollo.com
Salimos de Venta del Hoyo a las dos de la tarde, yendo a un pequeño pueblo llamado Azucaica, que estaba situado a cuatro kilómetros de Toledo y a tres de las trincheras enemigas. Y aunque nos veíamos ambos muy bien, no tenían artillería, lo que era un alivio. Muchas veces tiraron con ametralladora, pero era imposible que llegaran sus ráfagas hasta nosotros.
El enemigo se encontraba en un lugar llamado La Torreta, e imaginábamos una torre y que nuestra misión sería reconquistarla. Estaban situados a la izquierda de la capital, río arriba, el cual estaba situado a menos de un kilómetro de nuestra posición.
Volvimos a la rutina de las semanas anteriores: la instrucción. Pero esta vez teníamos que salir ocultos del pueblo para que los rojillos no se percataran de las fuerzas que allí había.
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Artillería Guerra Civil Española. Foto tomada de la web Rojo y Azul.
El dieciocho de julio era el día del segundo aniversario del Alzamiento Nacional. Hubo rancho extraordinario, y se celebró tanto en vanguardia como en retaguardia.
Hubo bailes y música, pero en la guerra la música era cualquier tipo de ritmo, ya fuera con un cacharro viejo o palmadas. ¡Suficiente para la diversión! Y con esto se acabó la fiesta.
Ese día, sin embargo, no lo pasé muy bien. Tuve que estar acostado ya que el pistón de una bala, que alguien había dejado cerca del fuego, me había dado en el pié la noche anterior. Desde luego fue poca cosa, pero me hizo estar ocho o diez días acostado porque no podía andar. Me vino muy bien porque así estuve prácticamente un mes sin hacer nada.
Estando en aquel lugar nos llevaron dos veces a la Casa de Campo a desinfectarnos con un gran baño de agua. El frío era intenso y no nos podíamos permitir enfermar, así que tuvieron mucho cuidado con que el agua estuviera muy caliente.
Continuar leyendo “Capítulo IX. Madrid, tan cerca y tan lejos.”
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Ciudad Universitaria. Foto sacada de madrid1936.es
El veintiséis nos dan la noticia de que preparásemos nuestros equipo. Esa tarde, a las cinco, llegaba una bandera de legionarios que iban a relevar a un batallón. Pocas veces sucedía esto, lo que demuestra que, en realidad, actuábamos como fuerzas de choque.
Estábamos contentos por esta situación, pues eso demostraba nuestra valentía y buen comportamiento, y por esa consideración hacia nosotros de nuestros superiores ganábamos una peseta diaria que, como conté anteriormente, solían acabar en manos de los vendedores moros.
Hasta las siete no salimos. LLegaron noticias de que el enemigo se sospechaba el relevo: teníamos que pasar por aquel puente tan peligroso, llave de la zona de la Ciudad Universitaria y que había destrozado con anterioridad. Yo mismo tuve que recorrerlo varias veces para traer suministros y muchos desafortunados que me acompañaban caían heridos.
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