"Un tierno susurro en la noche es tu voz que me acaricia el oído"...
Eso podía leer Eduardo, escrito con pulcra letra, en todos los sobres color mamey, (su color favorito), que le mandaba Mariana; ella misma llevaba sus cartas a la estación donde Eduardo tenia su programa de radio, pero nunca subía a cabina para conocerlo, llegaba tímidamente y ponía el sobre en el buzón, se alejaba haciendo suposiciones de como se comportaría Eduardo en una cena romántica, si sería tan cordial y caballeroso como sonaba por el radio.
Caminaba de regreso a casa armando en su imaginación el rostro de Eduardo, sus gestos al dormir, su cuerpo, sus manos, sobre todo sus orejas; a Mariana de un hombre lo primero que le llamaba la atención eran sus orejas y seguramente Eduardo tenia unas orejas preciosas.
Cuando Eduardo recibió la primera carta de Mariana ni siquiera leyó lo que decía el lomo del sobre, lo rompió con un abrecartas en forma de espada, tiro el sobre, leyó la otra y después también la tiro:
)) -Otra carta de una niñita tonta que piensa que esta enamorada de mí-((, pensó aquel día soleado de primavera.
Una niña más, se piensa en primavera, pero en otoño todo cambia cuando el año esta muriendo, todo cambia...
Todas las noches Mariana llegaba de trabajar agotada, se bañaba, se ponía su tierno camisón de ositos (a pesar de sus 29 años), volteaba la foto del ex-marido que la abandonó y prendía el radio. En ese momento la voz de Eduardo hacia que el día valiera la pena.
Mariana se había quedado sin amigos al casarse a los 24 años con Juan, era un tipo algo rudo y a nadie le pareció el hecho de que Mariana se casara con él. En aquel tiempo no le importaba tanto, estaba harta de solo tener amigos, de ser el paño de lágrimas de todo su grupito, quería algo para ella, necesitaba algo para ella y cuando apareció Juan se engancho a él y a una ilusión, en realidad no le amaba, pero su autoestima nunca fue muy buena gracias a las criticas de su madre, casarse con Juan en el fondo también fue un medio de escaparse de su madre, le costaba reconocerlo, pero así era.
Eduardo tenía casi treinta años, unos cuantos días restaban para que los cumpliera, no tenía muchas aficiones al igual que no tenía muchos amigos.
Eduardo era un tipo solitario, siempre lo fue, prefería desde muy joven sentarse a leer un libro que salir a la calle, conocer gente, prefería la realidad de los libros, siempre le parecía mejor un libro.
Estudió literatura, pero acabó como casi todos los compañeros de su generación, siendo un escritor frustrado. En estos tiempos los escritores ya no son vistos como algo indispensable.
De joven escribió cuentos, poemas y pudo terminar dos novelas, pero con el paso del tiempo la afición se termino, pues como él decía: "De que sirve escribir si nadie lo va a leer." Prefirió comenzar a leer mucho mas que antes y rendirle culto a los demás escritores. Un escritor solo espera que alguien de noche llegue a su casa, abra su libro y vuele al mundo donde habitó aquel que lo escribió, eso es un escritor, un guía a otros mundos.
Por eso decidió hacer el examen y trabajar como locutor, hablarle a la nada le parecía una sensación increíble, hablar, nunca pudo hablar realmente de todo lo que sentía, siempre lo escribía, pero dadas las circunstancias tuvo que aprender a expresarse como la mayoría de los seres humanos, aunque eso le pareciera mundano y normal.
Mariana nunca había llamado al programa de Eduardo, solo eran cartas perfumadas en sobres color mamey. Mariana odiaba ese color pero sentía tantas cosas por Eduardo que hasta le halló el sabor al mamey.
Nunca había habido una respuesta escrita; las tres primeras cartas ni siquiera merecieron un saludo a través del programa, pero tampoco le importo, le siguió escribiendo al viento, (ella nunca aprendió a expresarse como los demás), contándole como había estado su semana, contándole como le gustaba escucharlo, contándole lo que no le podía contar a nadie, a Mariana no le importaba seguir escribiéndole al viento.
Cuando Mariana escuchó que Eduardo dijo su nombre al aire, dándole las gracias y mandándole un afectuoso saludo no pudo contener su emoción, emitió coquetas carcajadas, esa noche no pudo dormir, así que paso en vela escuchando a Alejandro Sanz "cantar", lo escuchaba todo el día pues su voz le recordaba a la de Eduardo.
Al saber eso por carta, todas las noches Eduardo en su programa de 10 a 12 de la noche ponía una canción de Alejandro Sanz y Mariana sabia que iba dedicada para ella, solo para ella.
La ultima carta de Mariana había merecido respuesta, Eduardo se empezó a interesar en esa chica misteriosa que dejaba las cartas en el buzón de la estación, no se la imaginaba de ningún modo, nunca le gustó juzgar sin conocer, pero sabía que era tierna y cariñosa, o, por lo menos eso dejaba ver en sus palabras, Eduardo se decidió entonces a escribirle unas cuantas líneas.
"Nos conocemos hace cinco meses, tú escuchas mi voz todas las noches, pero yo solo tengo dulces palabras bailando en mis pupilas, me gustaría escucharte también, aunque sea para pedir una canción del tal Alejandro, ¿en verdad tengo la voz tan rasposa como él? Supongo que si, con razón nadie escucha el programa.
En fin Mariana, comunícate pronto.
"Atte........ Eduardo
En el sobre del lomo se leía: " Tus palabras son mi tierno susurro en las noches lluviosas".
Eduardo también comenzó a enamorarse del viento que lo recorría cuando pensaba en Mariana.
2
Esa noche Mariana no pudo conciliar el sueño, se levantó ojerosa por la mañana, pero no le importó, caminaba por las calles como volando, con los chinos de su cabello alborotados; estuvieron a punto de atropellarla varias veces, pero todo en su mundo se había vuelto dulce, nada podía hacerle daño, ni siquiera un 629 en plena avenida Vallarta. Flotando entre nubes, Mariana pasó todo el día, esperando la noche para llegar a casa, ponerse su tierna pijama de ositos, lavarse los dientes, tomar el teléfono en sus manos y escucharlo hablándole solamente a ella. Cada vez que Mariana pensaba en eso se le erizaba la piel. El día transcurría surrealista y todo seguía siendo dulce, Mariana ya no pensaba que todos los hombres eran malos, ya no pensaba en que su vida la iría a pasar durmiendo con la grabadora a su lado, mientras su única compañía eran los discos de Alejandro Sanz, sonando una y otra vez.
Eduardo si durmió aquella noche, no porque no estuviera emocionado por recibir la llamada de Mariana, su sueño simplemente era imperturbable, se podía acabar el mundo y el se despertaría al día siguiente admitiendo que no había escuchado nada. Se levantó tarde como siempre, pero ahora lo había hecho a propósito, pues tenia que acortar el día para no caer en la desesperación mientras esperaba que fueran las diez de la noche para que comenzara su programa, solo hasta esa hora debería estar desesperado, la llamada de Mariana pronto llegaría.
¿Cómo se escuchará? ¿Cómo será su rostro?, comenzó a preguntarle Eduardo a la caja de cereal que tenia enfrente; sonrió al descubrirse enamorado, nunca lo había estado quizá o por lo menos no lo recordaba, pero algunas noches se le aparecía un fantasma con rostro de mujer. Dicen por ahí que el primer amor en forma de fantasma te acompaña hasta el día de tu muerte, dicen por ahí que esa persona entrega tu mano a la muerte...
Eduardo sacudió la cabeza con fuerza para alejar todos eso torcidos pensamientos en especial el de aquel fantasma con rostro de mujer. Tomó "Corazones en la Atlántida", su libro de Stephen King preferido y se dispuso a leerlo por tercera vez, cada pagina anhelando poder haber vivido en los 60, ser hippie y haber intentado cambiar al mundo. Eduardo pensaba que los hippies habían tenido la oportunidad de hacerlo y como decía Peter Riley en la novela, al final de la segunda parte de la historia, habían cambiado todos sus ideales por revistas de decoración y jardinería.
Abrió el libro donde comenzaba el tercer relato de la novela y encendió la radio, sonaba entonces Alejandro Sanz con su "No es lo mismo", diciéndole al mundo que le vale madre, Eduardo sonrió recordando a Mariana y después su sonrisa se borro cuando su otro yo le preguntó a quien le había vendido su voz, pues como los hippies, Eduardo había cambiado sus ideales por un micrófono que le servía para presentar cursis canciones románticas.
3
Eduardo odiaba salir de su casa, tomar su auto y aventurarse al mundo salvaje de la ciudad. Podía pasar meses encerrado y después salir en un largo viaje y no regresar en otras tantos meses más, esa era la vida que él deseaba, la del escritor bohemio al que le importa poco el mundo. Mientras conducía camino a la estación Eduardo pensaba que quizá no todo había acabado, que quizá, cumplir treinta era el principio, sonrió de medio lado pensando en lo ridículas que se escuchaban esas palabras, pero su corazón quería creer que algún día tomaría su maleta, (la que había comprado al salir de la universidad, pensando llenarla de calcomanías de todos los lugares que visitara), y se marcharía y el mundo le importaría poco, quizá algún día un fuerte impulso lo obligaría a retomar sus ideales.
Estaciono su viejo y destartalado auto color aceituna y entro corriendo a la estación, estaba ansioso por comenzar su aburrido programa, estaba ansioso por escuchar la voz de Mariana.
Mariana salió de la oficina de donde era secretaria, como lo hacía todas las noches, con la cabeza agachada, tratando de no escuchar las risitas burlonas de sus demás compañeras que la criticaban pues decían que aún era muy infantil.
Y así era, Mariana era una niña, no porque tuviera la mentalidad de una pequeña, era alegre y terriblemente dulce, le encantaba comer bizcochos, no era muy dada a peinarse su hermosa cabellera rizada, ni a maquillarse, ni a vestirse como debería de hacerlo la secretaria de un prestigiado abogado.
El señor Ortiz, (jefe de Mariana), pensaba lo mismo que las demás secretarias del despacho, pero también le encantaba ver sonreír a Mariana, verla pelearse con su computadora o verla entrar por las mañanas con un gran "Choco milk" y una bandeja con muchos bizcochos. Mariana lo consentía y además era muy eficiente en su trabajo, la apariencia entonces quizá podría pasar de largo.
Mariana se apresuró a tomar el camión, no pasó a comprar la bolsa de pan dulce que le guardaba doña Concha (la dueña de la panadería de la esquina de la calle por donde trabajaba), casi corrió para no perder el camión de las 9:15, quería llegar temprano para comenzar a marcar, para escuchar su voz, hablándole solo a ella.
Subió al 629 y curiosa miraba de reojo los gestos de los demás pasajeros, después miraba por la ventana observando el mismo paisaje de todos los días y sin embargo siempre era diferente, había gente diferente, había historias diferentes ocurriendo en ese lugar. Mariana siempre se reprendía por no llevar su cámara fotográfica consigo, siempre le había agradado tomar fotos, su hobbie favorito era, quizá, materializar en papel cada instante importante en su vida, pero la falta de apoyo de su familia y sus amigos la hicieron desistir. Mariana nunca había querido estar sola, por eso abandonó la fotografía, solo para que todos la aceptaran.
Y sin embargo, se había quedado sola, sin Juan, sin amigos y sin viejas fotografías )) -solo "mi soledad y yo"-((, pensaba siempre al recordar su suerte. Algunas veces en la mañana despertaba y miraba su cámara, se imaginaba vistiéndose, tomando su cámara, dejando una nota en el espejo diciendo que Mariana se había perdido y había tenido que salir a buscarla por todo el mundo; quería viajar, conocer gente, historias y materializarlas en papel, pero siempre pensaba que era demasiado tarde, ya tenia 29 años y no tenía mucho dinero, ni la misma salud física de cómo cuando se caso con Juan; este, con su partida, se había llevado mucho de lo sano de Mariana.
))-Algún día- pensó mientras miraba por la ventana -quizás Eduardo me querría acompañar-((. Y emitió una coqueta risilla que provocó que todos los pasajeros del camión se volvieran hacia ella, como siempre lo hace la gente metiche en el camión.
Mariana llegó mas temprano de lo esperado a su casa, se metió a bañar, se puso su pijama de ositos, se preparo un "Choco milk", tomó algunas piezas de pan dulce del día de ayer, encendió la radio y tomo el teléfono en sus manos, estas le sudaban por la emoción, faltaban quince minutos para que la voz de Eduardo se desplazara por el viento, sonrió coqueta de nuevo, asemejándose a la niña que llevaba dentro y entre sombras y el eterno silencio que reinaba en su apartamento espero, imaginando que viajaba por el mundo, sola...
Mariana y Eduardo siempre, se imaginaban solos, viajando por el mundo...
4
Las manos no dejaron de temblarle a Mariana desde que tomó el teléfono, no sabía que iba a decirle, no era lo mismo hablarle a Eduardo que escribirle al viento. Desistió en varias ocasiones y cuando faltaba poco para que terminar el programa, mientras Eduardo desesperado miraba el teléfono, por fin comenzó a sonar en la cabina, Mariana mordiéndose los labios del nerviosismo no colgó.
-Radio corazón, donde tus latidos forman la melodía que inunda la noche- contestó Eduardo con la voz temblorosa.
Hubo silencio, pasaron los segundos y solo seguía habiendo silencio detrás de la bocina, Eduardo suspiró y cuando iba a colgar el teléfono escuchó una suave voz:
-Buenas noches, llamaba para pedir una canción- Eduardo sintió que su corazón dio un vuelco al escuchar la melodía tras el auricular del teléfono, pero desilusionado supuso que Mariana no se había atrevido a llamarle y en parte era bueno, ya que no pudo encontrar las palabras para hablar con ella.
-Esta bien amiga, pero a lo mejor no te la alcanzo a poner ya que solo nos quedan diez minutos de programa-
-La nueva de Alejandro Sanz, porque no es lo mismo, gracias buenas noches-
La comunicación se cortó y Eduardo lo adivino, era Mariana, la tímida Mariana que solo se atrevía a escribirle al viento en las noches en las que se sentía más vulnerable. Era Mariana, la chica a la cual de vez en cuando le hablaba por el viento, esperando que este fuera bueno y le llevara sus palabras.
Eduardo detuvo la programación de los últimos minutos y preparó "No es lo mismo" de Alejandro Sanz, volvió de corte comercial y entre tímidas risitas despidió el programa y al final le hablo al fantasma que de noche le susurraba al oído dulces palabras:
-Esta canción va dedicada para una chica muy especial, a la cual ardo en deseos de conocer, ella sabe quien es y ella sabe quien soy o al menos eso queremos creer, buenas noches a todos y recuerda que no es lo mismo escribirle al viento que hablar con él-
Y por la radio de Mariana comenzaron los primeros versos en la rasposa voz de Alejandro Sanz...
Mariana se revolcó en su cama de felicidad. Esa noche ninguno de los dos pudo dormir, no sabían si era por la emoción de hablarse directamente o por la desilusión de sus bobas frases.
Al día siguiente con ojeras por culpa de la noche anterior que habían pasado en vela, Mariana salió a trabajar pensando en él y Eduardo salió de su casa pensando en ella. Sabiendo que no estaría en su casa, Eduardo aventó una nota debajo de la puerta de la casa de Mariana:
" En verdad ardo en deseos por ver tu rostro, así que te propongo vernos en el café DUVAL hoy a las 12:30, ya casi siendo de madrugada, espero que puedas asistir porque desde que recibí tu primer carta, "No es lo mismo".
5
Mariana caminaba en apariencia despreocupada por las calles sucias del centro de la ciudad, estaba acostumbrada a hacerlo, solía caminar casi todas las noches de los sábados acompañada de su soledad y una que otra vez de su cámara fotográfica, aunque nunca tomaba fotografías, pues, estaba convencida de que moriría recorriendo estos caminos...
Eduardo permanecía de frente a las grasientas ventanas del café, esperando, no sabia como era Mariana, pero estaba seguro de que su corazón descifraría ese enigma, permanecía callado escuchando las conversaciones ajenas, pues, creía que a veces los mejores libros se escribían después de escuchar alguna platica ajena en un café. Escuchaba y navegaba por sus recuerdos, cuando era joven y solía acudir a este mismo café, donde estaba el mismo señor que atendía el mostrador cuando venia a escribir, cuando aún no se daba por vencido...
Mariana llego a la esquina de Federalismo y Pedro Moreno, sabia que a cuadra y media estaba el café DUVAL donde Eduardo la esperaba y en ese momento recordó que no tenía ni la más mínima idea de como lucía, pero pensó que al entrar al café su corazón se lo señalaría.
El cielo estaba nublado y las negruscas nubes descargaron sus lagrimas sobre la ciudad, los caminantes solos o acompañados comenzaron a correr, Mariana no lo hizo, le encantaba que la lluvia la empapara, camino despreocupada sintiendo su estomago contraerse por los nervios, caminó muy lento y después de algunos minutos mientras Eduardo sorbía de su humeante taza de café negro, el rostro de Mariana apareció en los grasientos cristales del café DUVAL. Eduardo dejo de sorber de su taza al ver ese dulce rostro empapado por la lluvia, Mariana miró el rostro aniñado de Eduardo escondiendo sus delgados labios tras la taza de café, los dos se reconocieron al instante y sonrieron en el mismo instante. Mariana entró dándole las buenas noches al viejecillo del mostrador, este le respondió con una sonrisa, Mariana llegó hasta la mesa hecha un manojo de nervios, Eduardo bajó la taza temblando e invito a Mariana a que tomara asiento...
-Sabia que eras tú - dijeron al mismo tiempo y después se rieron tímidamente.
Se presentaron formalmente y descubrieron que no tenían nada de que hablarse, no era lo mismo hablarle y escribirle al viento, que hablar de frente con el ser que creemos amar. La primera hora platicaron de las cosas más triviales: como les iba en el trabajo, de sus fracasados matrimonios y todas esas cosa de las que habla la gente cuando parece no tener más que decir, pero pronto, después que los dos rechazaron la séptima taza de café, la conversación cambió de rumbo y salieron a flote su juventud, sus recuerdos...
-Yo quería ser escritor dijo Eduardo con nostalgia, Mariana lo miró conmovida.
-Yo quería ser fotógrafa- dijo Mariana con nostalgia y Eduardo la miro conmovido.
-Quería viajar solo por el mundo- dijeron los dos al unísono de nuevo, ahora los dos se miraron conmovidos -y acabé siendo locutor - terminó Eduardo.
-Y yo secretaria en un despacho de abogados, ¿qué nos pasó? ¿Adónde se van todos esos ideales de la juventud?-
-Supongo que siguen ahí, todos los conservamos, en el fondo seguimos siendo los mismos idealistas de hace diez años, pero la vida se encarga de enseñarnos a usar mascaras, nos obliga a pertenecer a algo.-
-¿La vida? ó ¿los hombres? La vida en si no obliga a nadie y todos pertenecemos a ella, nos obligan los hombres y sus envidias, lo diferente para ellos no funciona y todos intentamos ser diferentes alguna vez, pero al darnos cuenta que nos enfrentamos solos al mundo, los ideales desaparecen por el temor de vivir siempre en la constante lucha. Desfallecemos Eduardo.- Eduardo la miró con los ojos muy abiertos, Mariana se sonrojo.
-Pero, ¿el contador sufrirá lo mismo que sufre el pintor, el escultor?-
Mariana negó con la cabeza obligando a sus chinos a moverse de un lado a otro.
-Un contador puede ser muy inteligente, pero jamás pensará lo que piensa el artista, solo es artista aquel al que algo lo atormenta. Y a ti y a mí, nos atormenta nuestro joven interior, nuestras ideas.-
-¿Seremos artistas entonces?-
-Quizás, como muchos meseros, secretarias, muchos uniformados que cambiaron el morral de trapo y las baratijas del Callejón del diablo por mochilas, portafolios, cadenas de oro. Imagínate si algún día se provocara la rebelión de los artistas.-
Los dos se echaron a reír en estruendosas carcajadas que obligaron a los demás comensales a volver sus ojos hacia la dulce pareja de la mesa de la orilla, el viejecillo del mostrador pensaba que se veían muy bien juntos, que debían permanecer juntos.
-Me imagino que todo sería en colores vivos, que todo sería muy cursi, ¿no crees?- dijo Eduardo entre risas.
-Pero sería un mundo mejor, donde se sabría que el amor siempre debe ser lo primero.-
Se tomaron de las frías manos y el viejecillo sonrió de nuevo.
-Y tu y yo seguimos siendo artistas frustrados, diciendo que hemos perdido nuestros ideales y nuestras luchas y sin embargo estamos aquí, planeando la rebelión de los artistas.-
Los dos rieron por un momento, pero después se callaron sus carcajadas y soltaron sus manos, el viejecillo desdibujo su sonrisa. Los dos se miraron fijamente y pudieron ver mas allá de la apariencia al joven idealista que vivía dentro de ellos, se asustaron al ver el cascaron, la mascara que los dos portaban. Se asustaron al darse cuenta de que en verdad ellos como muchos otros se habían rendido y que la rebelión de los artistas solo era un sueño guajiro.
Platicaron de nuevo de cosas triviales y fatigados de sí mismos decidieron marcharse, el viejecillo no les cobró, pero les pidió que escucharan su consejo: "Aun no es tiempo de darse por vencidos ", les dijo y los dos lo comprendieron por fin: no era su tiempo de estar juntos, como no era tiempo de abandonar la lucha, la rebelión de los artistas, pensaron los dos, saliendo del café DUVAL a las húmedas y frías calles de la ciudad. Se despidieron fríamente sabiendo que Mariana seguiría mandándole cartas y que Eduardo seguiría dedicándole canciones de Alejandro Sanz en su programa de radio. Dieron unos cuantos pasos en direcciones opuestas y una corazonada los obligo a detenerse y volverse, intuyeron que después de esa noche nada sería igual; corrieron hasta estrechar sus cuerpos y se besaron, se besaron, pensando que sería la primera y única vez que lo harían, separaron sus labios y se dieron un fuerte abrazo, después siguieron su camino, en verdad siguieron su camino, aquel que su corazón les dictaba desde el principio...
Al día siguiente Mariana renuncio a su trabajo, el señor Ortiz le ofreció un aumento de sueldo para que se quedara, pero no pudo convencerla, recogió todas sus muñecas y plumas de colores de su escritorio y se marchó antes del medio día.
Pasó la tarde empacando aun cuando sabia que no llevaría nada de eso, solo lo que había empacado en su tierna mochila de Kitty y su cámara fotográfica. Encendió la radio a las diez de la noche, pero no escuchó la voz de Eduardo, el también había renunciado a su trabajo muy temprano y había pasado la tarde empacando, aun cuando sabía que solo llevaría dos mochilas, una con sus libros favoritos, sus diarios y una libreta nueva junto con un bolígrafo nuevo para comenzar a escribir y la otra donde llevaba algo de ropa.
Casi a la media noche se escuchó una canción de Alejandro Sanz, "Me iré", Mariana supo que Eduardo se había encargado de que la pusieran, se recostó poniendo después esa canción una y otra vez y ella entre sueños también se la dedicó a Eduardo.
Eduardo lo presintió y también la escuchó una y otra vez.
6
El viejecillo del café DUVAL se preguntaba en silencio todos los días que había pasado con esa pareja, angustiado por no saber si se habían dado por vencidos o no, angustiado por no saber si habían permanecido juntos o no.
Una noche lluviosa, cuatro años después, obtuvo respuesta el viejecillo, por la radio casi tan vieja como él y en el mismo buen estado que él, escuchó una canción de Alejandro Sanz que decía:
"Tu voz es un tierno susurro en la noche que me acaricia el alma..."
Hablaba de dos amantes separados por su ansia de vivir y de no darse por vencidos a pesar de su edad, de dos amantes que querían seguir luchando por su ideal.
Casi al final de la canción, Alejandro contaba que un día en una plaza de Venecia ella tomó una fotografía y una voz rasposa grito en broma que le habían robado el alma...
Decía que desde esa tarde ya no eran los susurros los que se trasformaban en caricias y que de noche entre los callejones oscuros, entre la niebla, los amantes planeaban la rebelión de los artistas...
SERÍA POSIBLE...
este va dedicado para la luna lunera lunifera que sin querer desperto a estos dos personajes, ella hizo que la rebelion de los artistas volviera a la vida
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Manolo, felicidades por tu escrito "Un tierno susurro...". Me ha parecido un texto muy bien construído y escrito con mucha sensibilidad. Con sensibilidad de artista.
Saludos