YA ostensiblemente contrariado el célebre peluquero exclamó:
–¡Por amor de Dios, señora, cálmese, cálmese, no se me ponga usted así!
Y a seguidas, extendiendo con galante ademán su pulquérrimo pañuelo de fina seda italiana hacia la riquísima y distinguida dama, su clienta, prosiguió:
–Tenga, suénese, séquese esas lágrimas y límpiese esos manchurrones de rimel y polvos de talco que aún más me la afean y ¡entereza! De mí no va usted a obtener apoyo alguno para embarcarse por el camino fácil del autoengaño. ¡No, no, no! ¡De ninguna de las maneras!¡Por el contrario! Dada la gratitud y el grandísimo afecto que le profeso, créome obligado a abrirle el entendimiento, a quitarle definitivamente la venda de los ojos, a ayudarla a comprender que no tiene usted más remedio que encarar con total valentía y corage la Re-a-li-dad, que no es otra que ésta:
Esa horrible aparición que de golpe me le ha cortado el aliento como un filudo cuchillo de sajar carne y me le ha vaciado el contenido íntegro de las tripas sobre mi pulcra moqueta, no es más que la nítida y cabal reproducción de la interioridad de su alma, su fidelísima imagen especular...
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Última actualización en 07 Noviembre 2009



