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Quiero (continuación)

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   y en este caso, el membrudo paraje desierto del que un renovado cuerpo asoma, ya puesto el pie en el alero, abro ya la puerta con lentitud, subrayando con la mirada su presencia, vuelta la cabeza a bajarse sobre el mismo libro, figura que nunca y esa es toda la verdad, aunque a él le parezca lo contrario, acaba de llenar el espacio ante la mesa del despacho, mínimo cuerpo que ahora la perspectiva muestra minimalizado junto a la cadavérica máquina de escribir apartada en la esquina, abogacía olvidada y traslúcido parque atrás, luz gris, noviazgo en su cara, ramas alcanzadas aún por un invierno alargado que deja exhausto el verde por la escarcha, pájaros revolando, pasa y siéntate, busca un pitillo en el bolsillo de la chaqueta, enciende con lentitud una cerilla, por qué eres así, por qué no puedes ser como yo, por qué no, le digo y ya entiendo que la esquina espera, no vengo a pedirte que no me destroces con tu verborrea, has conseguido tu propósito, me he internado en la vejez sin que tú hayas apenas traspasado la edad de la niñez, y sin embargo ya veo que no estás dispuesto a hacer nada por salvar la situación, en vista de lo cual y a sabiendas de que tú eres perfectamente capaz de ser tú sin estar yo, he decidido que te marches, abre los ojos de una vez, papá me ha mandado con lo puesto, no vuelvas, no vuelvas, me dice mientras esconde el cuerpo tras la hoja que cierra la puerta de la calle.

 

   Litri siempre dice, cuánto mejor se duerme sin otra carga familiar, sin ese fatal, falso ronroneo que es fastidiarte la sombra de la siesta el padre con su melancólico deje, aun siendo como es camino, cuánto mejor, sin duda alguna, resulta dormir bajo siete centímetros de nieve sobre las tripas.

 

Ando calle arriba, sin volver la vista atrás por si se arrepiente y vuelve a por mí, pero cuando acabo de dar vuelta a la esquina comienzo a correr no vaya a ser que me haga regresar a mi mala vida de antes.

 

Bajo a dormir al río, perviene la noche, cosecho misterioso mensaje del cielo, me veo en el intenso, peculiar instante de recortada sensualidad sobre desbastado colchón, mas el sueño acaba venciendo, la hierba, el frío, poco a poco despiértame, observo unos instantes mi rostro en el espejo del agua, el viento, la humedad han terminado por mellar mis mejillas de veinte años alcanzados a costa de ortegas, agua en los dedos, doy la vuelta, en la profundidad de la oscuridad, se aparecen dos chicos junto a mí, no los había visto pero no me asustan, uno acerca su boca a mi oreja, susurra, no padezcas ni penes, que divina es la noche, ¿conozco tu voz? extiende una manta sobre el suelo, me ofrece cobijo bajo ella, así puedo el resto de la noche pasarla al amparo del cielo.

 

(continuará)

 

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