Para contar algo en un relato tu escritura, tono, registro, estilo y actitud ante la historia deben ser lo más naturales, directos y transparentes posibles. Lo contrario equivale a posar para que el lector se fije en ti y no en lo que estás escribiendo. De esta forma, se acumulan adjetivos y adverbios innecesarios, y se malgasta el tiempo.
Hay dos formas impostadas y rebuscadas muy habituales.
a) El poeta frustrado.
Se da cuando un escritor está intentando comunicar una emoción intentsa de uno de sus personajes y lo llena de adjetivos e imágenes poéticas que "suenan" a literatura superior. Ejemplo: "Durante el entierro, Isabel dejó correr lágrimas de impotencia que surcaron su hermoso rostro crispado de dolor como cuchillos rasgando una finísima tela de seda oriental". Para decir "Isabel lloró" no hace falta tanto ruido. Otras veces sucede con un paisaje: "De camino al cementerio, los últimos rayos de un sol agonizante se filtraban sonrosados entre las tiernas hojas de los cipreses y abedules que poblaban los aledaños de aquel triste sendero de grava y musgo". Dicho así, no parece que el personaje vaya a un funeral, sino a un día de campo. Este "poeta frustrado" cree, erróneamente, que en lo recargado y barroco reside la esencia de la buena escritura.
b) El chico duro.
El protagonista o narrador son cínicos, injustificadamente soeces, y en su tono hay una ausencia de sensibilidad. Se acumulan palabras malsonantes con el único fin de provocar, de mostrarnos al autor como "un tipo duro".
Sin llegar a estos extremos, la escritura de muchos principiantes se recarga, por lo general, de adjetivos y adverbios que se pueden usar pero con moderación. Es mejor decir "tenía una cicatriz" que "el surco de una antigua herida ya curada por el tiempo le cruzaba la cara". "Maite, el día que cumplió siete años, se despertó con una sonrisa infantil en sus labios". Es obvio que la sonrisa de una niña de esa edad es infantil; no necesita de ese adjetivo, y el lector no lo echará de menos. Otra cosa es que esa sonrisa fuera, por ejemplo, perversa: la perversidad no es una cualidad intrínseca de la infancia.
Así mismo, hay que tener cuidado con las repeticiones que parecen una sucesión de sinónimos: Maite era joven, guapa, hermosa y atractiva. O los innecesarios por repetitivos: ambos dos, gramos de peso, salir afuera, base fundamental, kilómetros de distancia, subir arriba, persona humana, etc. etc.
Con los adverbios ocurre lo mismo; es mejor escribir con cuidado aquellos acabados en -mente (buenamente, afortunadamente), porque son cacofónicos. Gabriel García Márquez afirmó que en sus últimas seis novelas no había escrito ni un solo adverbio terminado en -mente: por algo será. Estos adverbios son pesados para la lectura y suelen ir acompañados de gerundios, que es una forma correcta del español, pero que debería usarse con mucho cuidado, ya que dejan un rastro pesado y lento en la lectura.
En resumen, las palabras de Vicente Huidobro: el adjetivo, cuando no da vida, mata. Y el adverbio también. Escribe un texto con un solo adjetivo: brillará, mientras que uno con múltiples adjetivos no reflejará todos esos matices por abuso de la adjetivación.
Fuente: Escribir, Manual de técnicas narrativas, Enrique Páez, editorial, SM, Madrid, 2003.
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