Corría y corría sin pensar en nada más que en salvar mi vida. La negrura del sendero no ayudaba, sólo quería salir de aquella horrible pesadilla. Dí varias vueltas, confundiendo el camino, tras de mí, sentía los pasos de mi perseguidor que se acercaba. El calor de mis lágrimas y el frío que me invadía de puro miedo, se confundían en una sensación aterradora, no sentía ni siquiera el automático movimiento de mis piernas al correr. Sus pisadas en el chapoteo del barro, las oía cada vez más lejanas, sabía que no podía ir a mi misma velocidad, pero si me alcanzaba, me haría amiga de la muerte en un instante.
Por un momento, dejé de escucharle, sólo se había parado a descansar y aproveché esos segundos de ventaja para conseguir avanzar unos metros más rápido. En una vuelta de un recodo, me dí de bruces con su coche, los faros encendidos me apuntaron directamente y el estupor al ver la luz hizo que me refugiara tras una arboleda cercana, después pensé que quizá eso fue lo que me salvó la vida, porque cuando llegó y no vio rastro de mi presencia, subió a su coche y se marchó.
Entonces caí en el suelo, me invadió un temblor tan agudo que no pude controlar, sentía la humedad de la tierra en mi cuerpo y los pies descalzos, ateridos, no dejaban que pudiera hacer ningún movimiento. A duras penas, logré sacar el móvil del bolsillo, por más que lo intenté, no pude recordar el número de la policía, estaba totalmente inerte, llamé a mi madre, sólo tenía que pulsar un número y eso hice.
Cuando me contestó, la sentí extrañamente cercana, pensé que lo vivido me estaba afectando de alguna manera, al intentar explicarle en donde me encontraba, ella con su paz habitual, sólo me dijo... quédate un ratito más en la cama, que hoy es Domingo.
23/03/2011
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