
Está claro que el verano me enferma, gripes, dolor de cabeza, mal de estómago, etc. A pesar de ser víctima perenne del sol, tengo registro de más de un estéril intento por reconciliarme con el mar y tratar de disfrutar de un memorable día de playa. Casi como una maldición siempre han ocurrido eventos inesperados que reafirman una y otra vez mi fobia al mar. En esta oportunidad cedí a la insistencia de mi hermano, y cuando sentí el avance del agua desde mis pies a las rodillas, saqué cuenta de casi diez años que no entraba al mar, desde la última vez en la playa “León Dormido” donde nunca logré vomitar totalmente, los no pocos litros de agua llena de piedrecitas que tragué, al ser prácticamente devorado por una hola asesina. Pero decidí entrar y olvidar, decidí echar atrás mis cojudeces y penetrar en esas refrescantes olas. Todo estaba perfecto, no había mucha gente, el sol no estuvo tan castigador, las olas no me intimidaban y además vencerlas una tras otra junto a mi hermano, nos devolvió algo de lo que éramos antes, compinches y socios , el mar fue como un sicólogo de familias porque nos unió. Pero quien fuera adivino del evento más improbable de todas las historias que se hayan contado sobre las playas tranquilas y apacibles de Lima, nadie lo creería, mi hermano lo recuerda y aún no lo cree, pero claro tenía que pasarme, ingenuo fui al pensar que podía olvidar mi maldición.
Mientras nos cagábamos de risa, vociferábamos insultos a las olas ya que cada vez eran más imponentes, y sin darme cuenta empecé a alejarme de mi hermano, él retrocedió y yo seguí hasta tener que nadar sin parar pues mis pies no tocaban fondo, pero eso no era problema porque siempre odié el mar pero soy muy buen nadador. Burlaré las últimas olas y salgo, me dije, y entonces escuché los típicos desgarradores gritos de germa, volví la mirada y todos apresuraban su salida del mar, me había alejado lo suficiente como para no escuchar lo que me gritaban desde la orilla, pero al ver el lado ya vacío de la playa supe lo que sucedía. Primero me pareció una gaviota pescando con la cabeza sumergida, luego una bolsa negra flotando, pero tras forzar la vista supe que era una aleta, pero, ¿ una aleta de que? ….
- ¡tiburón!, ¡tiburón!, recién pude distinguir lo que gritaban.
No lo creía, era imposible, pero luego aparecieron dos aletas más y recién reaccioné, apresuré torpemente el nado , pero es inútil avanzar aterrorizado, mi corazón retumbaba en todo mi cuerpo, podía ver las ya casi cinco aletas sobre mí, hasta que mis pies tocaron fondo y distinguí a los dos únicos salvavidas acercándose a ayudar. No sé cuanta agua tragué, ni que sucedía cuando llegué rangueando a la orilla, sólo escuchaba mi corazón cuyos latidos eran más fuertes que mi voz.
Y la escena cambió, todos absolutamente todos incluido mi hermano, sacaron sus cámaras y empezaron a tomar fotos porque las aletas eran de una manada de delfines que empezaron hacer piruetas cerca a la orilla.
Al parecer los delfines tienen la tendencia de seguir las ondas sonoras, aunque no sean asiduos a las orillas, allí estaban.
Nadie me quitará la sensación y desesperación de creer ser comido por un tiburón, aunque hayan sido delfines. Así como nadie me quitará mi recién reafirmada fobia al mar. Porque sin duda odio el mar.
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Última actualización en 06 Marzo 2012



