Caminaba por aquellos pasillos, grabados en su memoria. Tan temidos, tan odiados. El frío emana de todos lados. Insoportable...todo huele a sufrimiento y muerte.
Así lo veía Ramiro, hombre de cuarenta y cinco. Viudo de Penélope, su amada mujer, que agonizó en esos pasillos, donde él ahora estaba. "¡Maldito país, maldita ciudad, maldito hospital!" Su rabia era contra Dios, contra el mundo. No podía entender, ¿por qué tuvo que ocurrir así? ¿Por qué se le dio una falsa esperanza, una angustia de varios días?
Miraba a través de algunas puertas entreabiertas, rostros apagados, taciturnos. Personas orando, leyendo biblias. Miradas tristes, vacías, abismales. No había atisbo de mejora en esos pacientes, y aun así muchos de ellos se salvaban, regresaban a sus vidas normales, quizás algo más agradecidos, o quizás no. Pero, lo importante, era que volvían, volvían a sentir a sus seres amados, volvían a sentirse ellos mismos. Pero con Penélope, fue distinto, Penélope sonreía, acariciaba la mejilla de Ramiro, lo amaba aun estando enferma, tenías esperanzas...
"Ramiro, debería irse, los médicos se enterarán y lo echarán...¡Ramiro!" La voz de Ana, le advirtió, pero, él ni se inmutó. Siguió caminando hasta subir al cuarto piso, un terreno inexplorado, al que jamás había querido ir. Sin embargo, esta vez, su cuerpo y su mente se habían desconectado. Para cuando se percató de dónde estaba, un niño ya lo estaba mirando desde una habitación.
Fueron segundos de contacto visual. Los enormes ojos del niño, estremecieron a Ramiro, quien no pudo contenerse y salió corriendo hacia el ascensor. Mientras bajaba al primer piso, él recordaba las vendas que cubrían parte de ese rostro, al que solo se le había permitido tener los ojos a la vista. Era el piso de los pacientes que habían sufrido quemaduras de segundo a tercer grado.
"Si algo me hubiese pasado así de niño, no lo hubiese podido resistir" pensaba Ramiro, mientras presuroso buscaba a Ana. Pero antes de que su búsqueda se iniciara, dos hombres de seguridad lo sujetaron de los brazos. "Ya me voy, solo quiero hablar con la enfermera Ana Gutiérrez, por favor" les suplicaba mientras lo llevaban a la fuerza hacia la salida. "Ya tenemos suficiente de usted señor, ¿no se da cuenta que obstaculiza el trabajo de las enfermeras? Hace que los doctores no se sientan cómodos, quizá, si usted fuese menos apático, menos malhumorado, les agradaría, pero no. Hasta los pacientes se quejan de usted" le dijo uno de ellos.
Aun así Ramiro luchó por escapar. Y fue tal su fuerza, que ya estando afuera del hospital, logró soltarse, pero cayó al suelo, abatido, quedándose allí por un momento, hasta que tuvo que irse a casa.
Atardecía, y Montevideo, decaía lentamente. Una noche larga, para enamorarse de la mujer que estaba al lado mío, Samanta. Tanto tiempo nadando tierra afuera, cruzando el charco, hasta encontrarla en el silencio, como un secreto, una navaja que nos apuntó a los dos, y nos unió para siempre. He atravesado demasiadas colinas, demasiadas Españas, demasiados Chiles, para llegar a Samanta. He muerto, señores, tantas veces, y ya lo he dicho tantas veces en mi literatura, que esto se vuelve reiterativo y obsesivo, como toda mi literatura, que no es acaso, más que las obsesiones de Ramiro. Pienso, que si todo fuera lo hermoso que fue, mi corazón bailaría, y está bailando, porque todo es lo hermoso que fue. Miro un enano en mi casa, miro una fuente en mi casa, miro un cisne en mi casa, una maceta en mi casa, un músico, hecho estatua en mi casa, con el gorro de Peñarol en la cabeza. El busto de mi abuelo Arturo, con el gorro de Papá Noel. El ratón Mickey, con la camiseta de Peñarol. Mis padres casándose. El cuadro en que estoy leyendo, el cuadro que yo mismo pintarrajeé arriba de la pintura de mi padre, para alegrarlo más. Yo, con cara de puto en otro cuadro, Charly García en un costado, el Pepe Mujica en una careta, la torre Eiffel. Yo estoy enamorado de mi casa, como de Samanta. Samanta la que me amamanta, Samanta, la tierra santa. Los dioses cargan sus fusiles, porque hay que pararle el carro al coreanito, que quiere bombardear Japón y todo, y hay que pararle el carro a los yanquis, que quieren llevarse el mundo para la casa. Así, destilo tristeza, y alegría, a la vez. Sería como dice Cabrera en su canción: “Tristecías”, el universo viaja, con mi viaje. Aunque Benedetti decía: “El cosmos, es mucho para mí”. Pero el cosmos no es mucho para mí. Yo soy demasiado para el cosmos. Entonces viajemos, erremos, laberintemos, hasta que todo explote, como una gaseosa que yo, hago escrachar, en una pared. La foto de Federico Moura, ya muy enfermo empuñando un micrófono. Una tortuga, que por supuesto no camina, porque no es real, es una imitación de tortuga. Una fuente que no funcionó, mientras la otra funciona, piedras en un plato. Un zapato con una planta adentro. Otra planta trucha, falsa, y allá, donde arriba de una silla, misteriosamente floreció una planta, en el fondo me refiero, ahí donde está enterrado, mi perro Dino. El museo del Prado enredado, en Peñarol y Dina Díaz. La foto con Bengoechea, la foto con Morena, la foto con Miguel Pupo, y arriba, la foto de Poseidona, que no es una foto, es una pintura, y muchas cosas más. Y al fin, no estoy ni loco ni cuerdo, soy un andante, un camino andante que anda y anda, mientras los relojes destiñen su soberbia capaz de involucrarlo todo, en Parises y países, como joyas, como estiércol, como mierda santa. El Papa es argentino entonces tenemos que ser todos papistas. El Papa es de San Lorenzo y Tinelli ya es el rey del Papa ¡y que viva el mundo en su farándula, y no lo digo en broma, lo digo predicando como un fanático al sol! Ahí esta Buda, con su panza, garchándose una nena, ahí está un hombre, que le falta una pierna como a Melancolius. Y hay otros Budas, buda joven, y sin panza, y hay otros barcos, barcos hechos con huesos, será marfil, será qué sé yo. Hay elefantes que llevan el dinero hacia adentro de mi casa. La añeja radio, más que añeja, donde quizás alguien haya escuchado la final de Uruguay y Argentina de mil novecientos treinta. Un osito que dice con amor, una jirafa grande, un escudo de Peñarol, una mariposa amarilla y negra, un busto de Dalí, un texto de Violeta Parra que me regaló alguien que ya no recuerdo: lo que puede el sentimiento no lo ha podido el saber, ni el más claro proceder, ni el más ancho pensamiento. Mi foto con Saramago, el homenaje a Juan Carlos Berti que yo escribí cuando el Negro murió. Pinturas mías por todos lados. Un huevo de pascuas que me regaló una amiga, que había pintado su hijo. Arriba, arriba mis pinturas. El poema que yo le hice a Forlán, por el cuarto puesto en la copa del mundo dos mil diez. Otro cuarto más, con la bandera de Uruguay. Una negra, que dice Peñarol, a muerte. Un disco, Murga Madre de Edú Lombardo y Pablo Routin. En fin, es tanto, es cohético, el premio que me dieron por participar en los poemas a César Vallejo. El premio por participar en la primera bienal de arte contemporáneo argentina. En realidad, esto no es un premio, es un certificado de participación. La mención especial, por mi pintura, en Arte Punta, Punta del Este. En fin, con gloria o sin gloria, mi abajo es un arriba. Voy creciendo de a poquito, mis uñas se van curando de sus hongos malditos. Hongos que trajo el tiempo, mientras yo perdí mis dientes, entre una Coca Cola y la otra, buscando no sé qué. Y en fin, un reloj que marca la hora. Un John Lennon atrofiado. Un duende. Un qué grande el mundo y qué pequeño qué lejos los amigos y qué cerca Liber Falco. Eso entre comillas, por Dios. Un cuadro de Vanina, con quien me porté un poco mal, ya que le grité demasiado al descubrir que me robaba. Retratos de Carola. El semanario hebreo, en el que mucho no creo pero que leo. Pinturas, doquieres. Danielito, Daniel. Que ya está en la computadora, hilvanando, toda esta travesura de literatura que hacemos juntos. Se trata, amigos, de rocanrol. De rocanrol antirockero, ya que dijo gallina indígena, el Indio. Yo creo mucho en los indios, pero cuando son indios. El indio blanco, el pelado ése dijo que yo no podía hacer rock, porque no había mamado la manteca del rock, y él es justamente la manteca del rock que yo mamé, por él, estoy haciendo rock yo, y por eso le estoy infinitamente agradecido, pero que aprenda un poco, a no blasfemar. Un árbol, un árbol como una cornisa, pero este árbol es de piedras, que no son exactamente perlas, son piedritas marinas, que arman un árbol, entre metales, de ramas. Un regalo que es una artesanía que me hizo Leonor, que increíble el universo. Unos imanes comprados en Chile. El secreto de un universo, un libro de Isaac Asimov. Dos bolas, campanillas de la suerte, chinas. El mono arriba de la cebra que compró mi hijo, y me regaló. La tortuga arriba del dragón. La estatua africana. Los caballos siendo dos mirando uno para cada lado. Papá Noel en mimbre. Un borracho agarrado a un farol. En fin, todo es tan largo. Tan largo haber corrido por el tiempo, tan largo, haber muerto en Sinaí. Tan largo esta África Negra, que narra Carlos Páez Vilaró. Un libro de Osho que aclara, que la libertad espiritual, es lo único que no pueden quitarnos. En fin, yo no quiero agonizar, ni en la agonía. ¡Y qué estoy viendo acá! Como una cabeza de rata, pero que no es la rata que recorre la casa, es otra cosa. Ni la rata ni la cuis que recorren la casa, es una rata, con otro material, fijo, una cosa. La foto con mis amigos que me llamaban El Líder. La foto, de un premio que le dieron a Luis Elías Sojit. Un indio que fuma algo que podría ser marihuana, que yo nunca fumé. Cristo y la última cena. Di Gregorio, Lorena y Agustín. Yo dibujaba en La Recoleta, o en Porto Alegre ya no lo recuerdo. Un caracol, col, col. Un ejemplar de la Llegada de Yamené. Un vaso, que dice Parque del Plata. Un auto, que dice Texaco. En fin, qué hermosa esta vejez, que empieza a los cuarenta y no acaba jamás. Esto es el paraíso quizás, yo ya lo sé. Qué hermoso estar aquí, señores, y la bola de cristal, con Peñarol adentro, y la esencia del jamás con tantos recuerdos. Jorge Luis Borges en una foto, imponente en la heladera, pegado. Salvador Dalí en un libro que lo critica, por su forma de vivir, pero muestra los cuadros y a uno lo único que le importa son los cuadros, y toda esa crítica se va a la reconcha de su madre. O Fito Páez, que yo, he cambiado la letra, como en realidad la cambiaron las hinchadas de fútbol: Todas las banderas que hay aquí Todas las canchas donde te seguí Tantos campeonatos de la mano Cuantas copas levantamos desde que te conocí. Vos me das alegría, yo te doy amor. La razón de mi vida, es salir otra vez campeón. Eso, es la hinchada de Peñarol. Samanta, resfriada como un cielo. Va caminando por Buenos Aires, llega hasta la Boca puteando. Piensa que se queda sin energía, está triste, está sola. Sola como un rayo que quiebra en la noche. Todo es dispar. Las hojas dispares que pueblan mi jardín, las hojas que nacieron en la silla, no se sabe ni por qué. Los baldes. El sitio de tierra donde está enterrado mi perro Dino. Que algún día resucitará como resucitó mi gato Obdulio. Tantas cosas, tantas cosas vistas, tantas cosas esperaba, el milagro de las diosas. Cuando yo escribía, de pequeño, sentía que las cosas vivían. El tiempo me hizo perder ese referente, pero ahora lo recupero, y me rodeo de toda la vida que hay en mi casa. Las cosas. Dibujos de amigos. La foto de Mario Marotta para la tapa de Espuma. Un Tridente en una pelota. El gato que me araña divino, no es una cosa, es un animal, y viva los animales. Los mormones que trajeron la iglesia de Jesucristo. Una foto de un mar entre piratas. Una foto de Dalí, casándose con Gala. Y así, el obelisco de Buenos Aires también está representado aquí. Con Agustín haciendo ok, como diciendo, ¡ganamos! Y así señores, como lo lejos se vuelve cerca, como me zambullo en la piscina de caca. Porque así fue el norte y así es el sur, y así es la playa Ramírez y así es, nadar-matanza en rocanrol. El sol va y viene, con su meteorología, y Asimov observa bien, que da lo mismo, que la tierra gire alrededor del sol, o el sol alrededor de la tierra. Otras estatuas de otros seres que no sé ni quiénes son. En fin, acá veo una, un bicho, que no recuerdo su nombre, creo que es una comadreja. Infinito. Un Papá Noel sin piernas, ni brazos. Una brujita sin nariz. Un gato sin oreja. Los quiebres, los quiebres. Una fotito de mi madre en su casamiento, ahí está Chiquita, y estaba medio desconfiada mirando hacia atrás. La foto de Mario Berta y de su hija, y una carta hermosa, que escribió Maya, la esposa de don Mario, para mí. Y otra carta hermosa de la hija, hoy fallecida, de Mario Berta, para Maya, su señora, su madre, y para su propio padre. Mario Berta. Sientan señores, como toda muerte es un sigilo, un paraíso entre canciones. La tos de Daniel que ha tosido. Una hoja de papel. Eric Clapton. Carola del Bianco. El tarot del círculo sagrado. Todo sigue, continúa, desvanece. El Uruguay y la Antártida como un disco. Antel. Las tarjetas que yo compraba, antes de tener celular para llamar al exterior. La revista Caras y Caretas. Si tuviéramos que decir la verdad. Pero no blasfememos, no ofendamos, no ofendamos porque el cosmos es hidrocosmos. Vivamos al revés. Mis pinturas señores, con mujeres dibujadas de todo tipo y color. Un cuadro de Solari. Otro cuadro de Tato, el mejor pintor uruguayo vivo. Un dibujo de Claudio Basualdo. Creo que son tantas las cosas. La cabeza de Séneca. Y al fin, irse muriendo, para nacer otra vez, como me fui muriendo del otrora. Del pasado. Como agoniza esta voz que ya habla bajo. Con un dolor de garganta pequeñito que quizás se agrande o no. La suerte. Los hombres. La hombría. La gallardía y la pedantería. Gracias te doy Dios el malvón, por la bondad eterna de homocronos. Veo una foto de García Lorca donde dice: “se le vio, caminando entre fusiles”. Eso me lo enviaron de Flores, de “Ecos Literarios”. Un semanario donde siempre se apoya mi trabajo, como el crítico Hugo Acevedo y como tantos más. Gracias vida por la vida, la maravillosa vida, que tal vez sea el único Dios que tengamos. ¿Qué sería de Dios sin nosotros? Me pregunto.
Ven por mí un jueves, yo sé que no es sencillo, desde cuando quería pedírtelo.
Porque los jueves son frescos, son ligeros, son como banderas hondeando en la tarde.
Se antepone a la fiesta y al velorio.
Son cálidos cómo un abrazo.
Son la chispa de que algo inicia.
Cómo cuando uno entra a las cantinas y la maña inicia en ellas
y comienzan a brillar los vasos y los trastes, el piso,
cómo cuando hay una mesera de buen humor dispuesta a conversar con uno.
O un cantinero que te extiende un trago sin pagarlo.
Lo deseo y lo deseaba, atrévete a ven por mí un jueves.
O por lo menos un día que lo parezca, uno solo que no tenga que pedírtelo.
Un día mientras despierto y me he levantado cinco veces,
y te he sentido cercas de mí como si te recargaras en mi hombro.
Un día así, sencillo, como un ramo de flores frescas
un día, sin grandes ecos, sin grandes noticias.
Un día mediano pero en su profundad espiritual, y lento.
Un jueves que dure mucho, un jueves que quede en el recuerdo.
Y allí estaba
el último cuervo dormido
en el cable oscuro de la lluvia
más allá de la tarde
al margen de cualquier nostalgia
como un suicida arrepentido
soñando con muertes ajenas
con ojos ajenos
y otras soluciones
que no caben en este poema.
Siempre es de noche
siempre es silencio
siempre... soy yo,
en medio de la nada.
Siempre oscuridad y soledad.
Nunca es de día,
nunca es la voz,
nunca... eres tú,
en medio de todo.
Nunca luz y compañía.
Fuimos
y ahora sólo eres
y claro... sólo soy.
El tiempo nos fue desgastando
mientras creíamos todo lo contrario.
El tiempo nos fue todo,
y ahora simplemente
es la nada misma.
El tiempo...
quizás también nos abandonó,
o quizás sólo paró
y se dividió en dos,
¡como en dos caminos!
y avanzó,
y avanzamos.
Siempre es de noche
y nunca es de día.
quizás te recuerdo,
quizás
ya me olvidas...