El espeso aroma de lo inesperado
Llevaba varios meses buscando trabajo, y hacía tiempo que había decidido que aceptaría el primero que se me presentara, ya no tenía grandes esperanzas en cuestión de trabajar en lo que una vez había sido mi vocación, la carrera universitaria que había centrado varios años de mi vida. Ahora me contentaba dejando mi vocación como un hobby para mis ratos libres. Ahora debía centrarme en conseguir un trabajo.
Ese día había vuelto a fracasar. No tenía experiencia y en todos los trabajos me pedían experiencia... ¿Cómo se conseguía la experiencia si no dejaban comenzar a nadie?
Entré en el mini-piso donde me alojaba y cerré la puerta tras de mí. Estaba hambrienta, abrí la alacena en plena búsqueda de provisiones... Encontré un paquete de macarrones. Tras estudiarlos detenidamente, descubrí que llevaban caducados un par de meses, pero tras pensármelo un momento, decidí que la fecha de caducidad realmente no era más que una sugerencia. Preparé un caldero con agua y lo puse a calentar mientras rebuscaba en los cajones de la cocina en busca de algo con lo que aderezar la pasta, pero la cocina estaba vacía. Continué mi búsqueda hasta que vi una forma insinuarse en el fondo del ropero empotrado que hacía las veces de despensa. Estiré el brazo hasta llegar a coger una lata metálica y la saqué. Era una lata de jugo de coco. Semejante hallazgo me sorprendió, ignoraba que eso existiese. Debía de estar en el piso desde antes de que yo llegase. Estudié la lata; tenía las instrucciones e ingredientes en chino, y un papel que parecía una fotocopia pegado sobre la etiqueta, donde indicaba en inglés los ingredientes y unas normas básicas de uso.
La marca era desconocida, porque faltaba una parte del papel donde presumiblemente debía de haberse encontrado. Leí las instrucciones, que eran de lo más breves; “El producto puede sedimentarse y se debe remover hasta homogeneizarlo”.
Mmmm... El coco no me desagradaba, pero aquello me daba mala espina. Siempre recordaré un episodio de mi infancia en que perforaron un coco para vaciarle el jugo de su interior antes de golpearlo y abrirlo. Mis primos y yo nos habíamos bebido el líquido... y cuando abrieron el coco, estaba recubierto de una capa multicolor de hongos variados, en una película homogénea que impedía ver la parte comestible del coco... Ni qué decir tiene que nos pusimos todos muy malitos los días siguientes a esa... experiencia.
Volteé la lata y comprobé que se caducaba en dos años. No me pareció seguro aplicar la norma de la “sugerencia” en este caso. Además, la lata no tenía abre-fácil. Busqué un abrelatas y me dediqué a la ardua tarea de lograr acceder al contenido de su interior. Una vez lo logré, me pasé un buen rato observando que aquello... realmente había sedimentado. Es decir, parecía cal en pleno proceso de secado, cuando aún puedes rasparla con la uña porque está húmeda. Tenía un color sólo ligeramente más turbio. Hice de tripas corazón, y armada con un tenedor, comencé a homogeneizarlo... vamos, lo revolví como una condenada a ver si aquello mejoraba de aspecto.
He de decir a mi favor que conseguí una textura sin grumos y espesa... pero eso no mejoró el aspecto que tenía. Lo probé con cierta desconfianza... era un sabor... poco ortodoxo... novedoso... con un regusto final a aroma de coco, y la textura final era... como mantequilla en un caluroso día de agosto: blanda, pero más espesa que el aceite. Sabía que acabaría arrepintiéndome, pero volqué el contenido de la lata en los macarrones, que ya estaban hechos, y a los que había escurrido instantes antes.
Me senté frente al televisor a cenar, pero no había nada que me interesase en la tele, sólo emitían programas de sucesos paranormales y de cotilleos, con famoseo cutre de invitados especiales, gente que lo más notable que había hecho en su vida había sido acostarse con el ex de algún famoso que se había labrado su fama trabajando... programas en los que invitaban a parásitos de parásitos.
Apagué la televisión y encendí en ordenador, al menos aún tenía conexión a internet, aunque tal y como iba mi economía no me duraría mucho tiempo. Tomé mi plato de macarrones al jugo de coco y lo puse a un lado de la mesa, dispuesta a pasar un rato con mi hobby, actualizando mi página web. No es que fuera gran cosa, pero me alegraba el día. Escaneé alguna de las ilustraciones que había hecho la semana anterior y esperé mientras la imagen aparecía en la pantalla, luego comencé a añadirlos a la galería de imágenes de mi web, escribiendo un comentario acerca de cada ilustración.
Vi cómo mi “pájaro de trueno”, un programita muy curioso, todo sea dicho, me avisó de que tenía correo nuevo, y lo abrí.
Era un correo de un desconocido, acerca de los dibujos que había colgado en mi web. ¿Otro tipejo adulador pretendiendo que le dibujara algo para él? Si estaba dispuesto a pagarme y no pedía nada demasiado raro, lo aceptaría. Pero una vez un tío me llegó a pedir una ilustración pornográfica con una escena sadomasoquista, y yo no pensaba dibujar cosas semejantes para nadie.
Comencé a leer el correo con curiosidad, que iba aumentando con cada frase que leía.
No podía creérmelo.
Era una oferta de trabajo: Como ilustradora.
Me quedé mirando la pantalla y volví a leerlo varias veces. Era una empresa de videojuegos recién formada. Tenían un proyecto ambicioso en manos, un juego de rol, un RPG, y querían que tanto el diseño de personajes, como los escenarios, las armas... que todo lo ilustrara yo.
Me daban una web, un e-mail y un teléfono de contacto.
¿Sería una empresa seria? ¿Tendría yo esa suerte? Abrí mi navegador: el zorro de fuego, y busqué el nombre de la empresa... sí, existía. Además, era curioso porque los artículos que encontré eran casi todos de la prensa rosa.
Al parecer, el fundador de la empresa se había casado con la hija de un millonario, era una abogada bastante famosa en Estados Unidos, y le había financiado a su marido la creación de la empresa.
Joer, vaya regalito de bodas ¿no?
En los artículos no hablaban más que de si había sido una boda por interés, pero en mi opinión el marido no era más que un informático español con mucha suerte.
Pinché en la dirección de la empresa, y me sorprendí al encontrar con una web donde una bonita presentación en flash mostraba un mensaje: “El camino que siguen las almas perdidas en sí mismas cuando se vuelven a encontrar”. Y a continuación, aparecía un símbolo que indicaba que el sitio estaba en construcción. ¿De eso iría el juego?¿De almas perdidas? Me resultó interesante... y familiar.
Descolgué el teléfono y marqué el número que indicaba el mensaje.
-Sí, buenas noches. Disculpe que le llame a estas horas, he recibido un e-mail de usted acerca de la posibilidad de un trabajo como ilustradora...
-¿Kimberly? Sí, quería que tú diseñaras el juego.
-No, verá, no me llamo así, creo que se equivoca de persona.
-¿Pero no te has hecho llamar así antes?
Eso me trastocó, lo admito. Hacía tanto tiempo que nadie me llamaba así... Fue un apodo que comencé a usar cuando jugaba en el colegio, yo siempre quería ser el Ranger Rosa, y se llamaba así. Lo había usado también en otros momentos de mi vida adulta... de los cuales no me siento especialmente orgullosa. ¿Quién sería ése hombre?¿Cómo conocía ese apodo? Ni siquiera mi familia sabía que lo había usado.
-¿Quién eres?
-Bueno, no es mi nombre real, pero antes me conocías como Kevin.
No me lo creía ¿Kevin? ¿
Ése Kevin?
-¿Y tú eres el dueño de una empresa de juegos?
-Soy informático ¿Por qué no hacer un juego? Estoy pensando en buscar a los otros chicos a ver si participan también en el proyecto. Sería genial volver a trabajar los cuatro juntos.
-Yo no voy a hacerlo por amor al arte. Necesito dinero.
-Y te pagaré, pero quiero que trabajes para mí. He visto tus dibujos y quiero que reflejes ese mundo en mi videojuego. Los paisajes, las criaturas, las ciudades, los países... Narremos esas aventuras que sólo han pasado en nuestras mentes y mostrémoslas al mundo.
Lo cierto es que no estaba muy convencida, sobretodo por todo lo que se había desencadenado años atrás.
-¿Y sabes algo de los otros?
-Sí, nuestra monja ha estado en coma estos últimos tres años, pero ya está en pie, haciendo rehabilitación para poder andar de nuevo. Iré a verla la semana que viene. El historiador está en tratamiento psicológico. Se ha casado ¿sabes? Aunque su vida ha transcurrido horriblemente, tiene suerte de que aún tenga un cuerpo al que volver. Está convencido de que todo no fue más que un brote psicótico o algo así. Tú fuiste la más difícil de localizar, y lo hice por casualidad, un día que vi tu web ¿Dónde te habías metido?
-¿Yo? Estos tres años los he pasado mendigando en las calles, si te parece. O durmiendo en un vertedero bajo cartones y con ratas... Ni que fueras Sherlock el Sabueso, que puede presumir de desentrañar todos los secretos de la gente... Simplemente no tenía internet y estoy en la ruina. Ahora mismo estoy viviendo en un piso pequeñísimo, viejo, y que se cae a trozos, que pago con algo de dinero que me ha prestado mi hermana. Mi vida no es muy buena, así que si tienes trabajo para mí lo cogeré, así sea de asesino a sueldo.
-Te mandaré un billete de avión para que te vengas a la sede y eches un vistazo al equipo y hablemos de las ideas que tengo. Piensa cómo quieres ambientarlo. Te ingresaré un adelanto para que tengas algo de efectivo a tu disposición ¿Tienes algún inconveniente en mudarte?
-Ninguno, pero me llevo el ordenador y una maleta con ropa. Es lo único mío que tengo aquí. Éso y mis dibujos.
-Bien, pues te espero en tres días, te invitaré a cenar y así conoces a mi mujer.
-De acuerdo
-¿Alguna preferencia en cuanto a cena? Hago una pasta fabulosa.
-Pasta no, hoy estoy cenando macarrones y creo que no me apetecerá pasta en mucho tiempo.
-Bah, seguro que no están tan buenos como mis tortellini.
-Eso no lo dudo.
-¿Con qué salsa los has acompañado? La salsa es fundamental.
-Ni te lo imaginas.
Sonreí para mí y colgué el teléfono mientras miraba pensativa mi plato de macarrones caducados, fríos y espesos, con manteca de coco, aguardándome amenazantes junto al ordenador. Me senté y continué comiéndomelos, decidida a que un plato cocinado por mí misma no me venciera, y pensando que no tenía tan mala suerte a fin de cuentas. Además, los análisis que me habían llegado esa mañana y que tanto me habían preocupado eran negativos a todas las pruebas. Pensé por un momento en el futuro que se perfilaba ante mí, y que parecía fundirse extrañamente con un pasado que nadie creería que viví.
Kimberly... ese apodo flotó lentamente hasta los bordes de mi conciencia, impregnando todo lo que rozaba en su camino, como el aroma espeso a coco de los macarrones.
Kimberly... sólo un puñado de personas me asocian a ése nombre, y a todos los conocí en otra vida.